A veces siento que el mundo me roba parte de mi tiempo. No siempre
dispongo de todo el tiempo del que me gustaría para poder hacer las cosas que
me gustan.
"El tiempo libre" es el mejor invento del mundo, esa parte
de tiempo de tamaño indefinido de las veinticuatro horas que tiene un día. Cada
uno es libre de elegir lo que quiere hacer con su tiempo libre, en qué emplearlo
o con quién disfrutarlo. El problema es que su reparto no es muy equitativo, a
algunos les falta y a otros les sobra. Los dos extremos suelen ser malos.
El ritmo de vida que llevamos nos obliga a ir corriendo a
todas partes, nos exige vivir de prisa. No sabemos disfrutar de las pequeñas
cosas que nos da la vida y a veces olvidamos que la vida también es bonita, que
merece la pena vivirla, aunque no siempre muestre esa cara.
Si pudiera pedir un deseo pediría que todos los relojes se
parasen por unos segundos. En el silencio del tic-tac del reloj derrumbaría
todos esos muros que entorpecen nuestros movimientos y nos impiden mirarnos
cara a cara, a los ojos. Creo que hemos olvidado lo que esto significa o al
menos no lo practicamos mucho. Es mucho más cómodo mirar una pantalla que, al
fin y al cabo, no hace ni dice nada.
