La percepción del tiempo es algo muy curioso y subjetivo, a
veces pensamos que pasa demasiado rápido y otras demasiado lento. De vez en cuando nos gustaría alargar los días y otras tantas nos gustaría acortarlos o simplemente hacer que terminasen. Pero, de
momento, todos los días tienen veinticuatro horas y todos los minutos duran
sesenta segundos. Increíble.
Todos hemos tenido días malos. Días que pueden llegar a ser
interminables, horribles y asquerosos. Pero como dicen por ahí, hace falta
tener días malos para darte cuenta de lo bonitos que son el resto.
¿Qué hay de los días buenos? Esos que nunca olvidas y que
siempre recuerdas, los que te hacen sonreír y ser feliz, en los que te llevas
sorpresas, en los que descubres algo o a alguien, en los que todo o casi todo
marcha bien…
Un buen día empieza desde que pones tu pie izquierdo en el
suelo y te miras al espejo con esa cara tan bonita que tienes de recién levantado.
Incluido con legañas, sí. Un día puede ser bueno por unas palabras bonitas, por
un encuentro, por una persona, por un saludo, por un café o una mirada. No tiene
por qué ser perfecto las malditas (o benditas) veinticuatro horas de ese día,
lo que importa son los momentos.
Buscad en cada uno de vuestros días esos momentos, veréis que
hay personas que siempre los hacen posibles.
Por esos pequeños momentos que hacen tu sonrisa grande y
amplia. Porque esos momentos serán de oro para siempre.
