Entonces le vio. Y se dio cuenta de que era inevitable. Ella,
con la sonrisa torcida, los zapatos sucios y el corazón palpitando a mil por
hora. Lo notaba como si se le fuese a salir del pecho.
Se armó de valor y se dijo a sí misa: “el que no arriesga no gana”. No había luchado
tanto para complacerse con tan poco. Lo tenía de frente, era él, y lo
único que se le ocurrió decirle fue:
-Pensaba que te habías olvidado de mí.